Diagnóstico

Quiero empezar con el diagnóstico, porque si no, nos quedamos con

las chicanas o los planteos repetidos e injustificados que quieren

meter miedo.

Me parece que, si estamos todos de acuerdo en el diagnóstico,

y yo no estoy escuchando otra cosa hoy, no tenemos mas que la

obligación (no la opción) de tomar medidas fuertes y lo antes posible.

Tenemos que terminar con los mismos que buscan meter miedo,

para dejar todo como está. Asi no se resuelve ningún problema. Asi se

esconden las cosas, y siguen ganando los de siempre.

Con la información clara, nos sacamos las caretas. Esto, que en este

tema está clarísimo, me hace acordar mucho a cuándo discutimos

el proyecto para detener los incendios forestales, en donde también

se alegaba que las medidas eran excesivas o innecesarias. Pero el

diagnóstico era evidente y alarmante.

Acá pasa lo mismo.

No estamos hablando de esto porque alguno madrugó y encontró

que era muy lindo poner octógonos en los paquetes.

Diagnóstico de salud

Estamos hablando de esto porque en mi provincia la obesidad infantil

está en el 42%, y en todo el país estamos en 1 tercio de los niños y niñas.

Y no hablamos de sobrepeso solamente: hablamos de que niños

y niñas con obesidad y que tienen una malnutrición en 34% de los

casos, además del sobrepeso.

Es una generación que está teniendo problemas graves de

malnutrición, y encima obesidad. Y mas problemas aun que aquellos

chicos y chicas que tienen desnutrición, 4,3 veces más.

Por si fuera poco, nuestro país es el ejemplo de lo que no tiene

que hacer: estamos primeros en obesidad en sud América. 6 de cada

10 argentinos tienen sobrepeso. Menos del 20% realiza una dieta

variada y sana, con frutas y verduras suficientes.

Argentina no escapa a los problemas mundiales de malnutrición,

y nuestras estadísticas son más que preocupantes, sobre todo en

el porcentaje de enfermedades no transmisibles como obesidad,

desnutrición, hipertensión, que afectan a los argentinos desde las más

tempranas edades. Los argentinos comemos mal y es urgente revertir

este comportamiento, no sólo para proteger la vida y la salud de los

consumidores y consumidoras, sino para proteger el patrimonio del

estado, que es el patrimonio de todos.

Es el sistema de salud argentino el que soporta los efectos del

marketing de los más fuertes, ya que destina buena parte de su

presupuesto a tratar afecciones que no existirían si comiéramos mejor.

Ni el estado, ni los consumidores pueden ni deben seguir financiando

indirectamente el negocio de vendernos basura por comida, porque

al fin de cuentas, los que pierden son los consumidores: o pagan la

fiesta de los proveedores a través de sus impuestos que financian el

sistema de salud pública, o le entregan directamente su dinero a las

pre-pagas para mitigar el mismo problema.

Diagnóstico constitucional

Si miramos este mismo tema, desde una óptica constitucional, el

problema es igual de grave.

El artículo 42 de la constitución exige al estado argentino a proveer

a la protección, tanto de la salud, como a la información de los

consumidores. Sumado a esto, es un principio básico de la protección

de los consumidores, el del consumo sustentable. Esto, sin dudas, no

está pasando.

Hay una ausencia total de información de componentes básicos

que el consumidor debe conocer para elegir, cómo azucares, grasas

saturadas, sales. El consumidor no sabe qué está comiendo.

Pero peor aún, la información que si existe esta puesta para que

la entienda un técnico, en letra que hay que ser mago para poder

ver, y sin ninguna guía que permita que un consumidor tome una

decisión en serio. Esto es algo que no tendría que explicarse a esta

altura, pero no podemos ser tan inocentes de caer en la trampa que

nos plantean las empresas: la información tiene que ser suficiente

(no sobreabundante), tiene que ser comprensible por quién la recibe,

y tiene que ser clara.

Nadie puede plantear en serio, que, con un cuadro de

componentes nutricionales en porcentajes, estamos informando a

los consumidores. Porque si alguno en este congreso es tan inocente

de creer eso, le propongo que se imagine un mundo en donde la

publicidad para venderle productos, solo fueran tablas de Excel con

los componentes y funcionalidades.

Esto no se lo cree nadie, hace rato. Lo que tenemos es la intención

clara y deliberada de las empresas productoras de alimentos, de

esconder los componentes, y de vender productos adictivos, con bajo

poder nutricional y sin preocuparles lo más mínimo las consecuencias

directas y gravísimas en la población. Por si fuera poco, aumentadas

en la población infantil.

Finalmente, y desde el punto de vista constitucional, cuando

hablamos de consumo sustentable, podemos pensarlo desde distintos

ángulos, a) desde el consumo que afecta en la menor medida posible

el medio ambiente y permite pensar en una economía circular,

b) en un consumo que permite a los consumidores satisfacer sus

necesidades sin quedar atrapado en deudas que no lo dejen tener

una vida digna en sociedad, o podemos hablar de un c) consumo

sustentable en términos de la salud de los consumidores.

Este esquema de productos alimenticios (digo productos

alimenticios porque muchas veces no tienen fin nutricional alguno)

que hacen un daño a la salud a mediano plazo, y que son priorizados

a la hora de realizar publicidades y campañas de marketing, es por

definición, no sustentable. No podemos, si tenemos un compromiso

con el cumplimiento de nuestra constitución, priorizar la obtención

de ganancias (que son mucho mayores en estos productos que

en aquellos saludables y no adictivos), por sobre la salud de los

consumidores.

Esta decisión ya la tomó la constitución, y tiene que ser a favor de

los consumidores.

NO PODEMOS SEGUIR PENSANDO A LOS CONSUMIDORES

COMO EL FIN DE UN CICLO DE COLOCACIÓN DE PRODUCTOS. LOS

CONSUMIDORES DE LA ARGENTINA, NO SON EL FIN DE NADA, SON EL

PRINCIPIO DE NUESTRA SOCIEDAD, SOMOS TODOS NOSOTROS.

Y no quiero que haya espacio para seguir sosteniendo interpretaciones

engañosas de la constitución, porque si no, nos la damos todos

de republicanos, pero cumplimos la constitución cuando nos conviene,

y casualmente nos olvidamos de ella cuando afecta a nuestros

amigos o nuestros intereses. Por eso me tomo el atrevimiento de leer

un párrafo de la CSJN que creo que deja el norte claro y da una

interpretación indudable a la constitución en estos temas “(…) el hombre

no debe ser objeto de mercado alguno, sino señor de todos éstos, los

cuales sólo encuentran sentido y validez si tributan a la realización de

los derechos de aquél y del bien común. De ahí que no debe ser el

mercado el que someta a sus reglas y pretensiones las medidas del

hombre ni los contenidos y alcances de los derechos humanos. Por

el contrario, es el mercado el que debe adaptarse a los moldes

fundamentales que representan la Constitución Nacional y el Derecho

Internacional de los Derechos Humanos de jerarquía constitucional,

bajo pena de caer en la ilegalidad.”. Esto lo dijo la CSJN en Vizzoti,

Carlos Alberto c/ Amsa S.A., una causa sobre el derecho laboral, y lo

repitió también en la causa CEPIS del derecho del consumidor.

Pongamos el norte en donde lo pone la constitución, lo primero queridos y

queridas colegas, son las personas, y no los intereses de la industria.

Conclusión del diagnóstico

El diagnostico no deja espacio a dudas: al no regular en serio el

etiquetado de alimentos, estamos incumpliendo la constitución; al

no regular el etiquetado de alimentos estamos permitiendo daños

directos y enormes a la salud de más de la mitad de la población.

Hay que tomar decisiones, y tienen que ser claras, contundentes y

lo suficientemente fuertes y exigibles, como para revertir un horizonte

de destrucción de la salud de esta generación, y de las próximas.

Tenemos el diagnóstico ¿Qué hacemos?

Ya tenemos una necesidad que no puede esperar más, hace años

discutimos este proyecto de una u otra manera. Atraviesa esta

preocupación, a todo el arco político.

¿Qué medidas tomamos?

Parte de lo que nos deja en evidencia el diagnóstico, es que las

medidas tienen que ser fuertes, porque la situación es difícil de

revertir. El daño en muchos casos, ya está hecho hace tiempo.

Creo que este proyecto es una solución, incluso me animo a decir,

muy medida.

No estamos ante una ley que viene a prohibir consumir estos

productos. Viene a informar y incentivar (no a obligar) un consumo

sustentable y saludable.

Fíjense que lo único que se busca es informar, y generar estímulos

para el consumo, frenando incentivos y dando las alertas necesarias.

Esta ley no viene a prohibirle a nadie que consuma estos productos.

No es este un esquema paternalista.

Lo que viene a hacer, virtuosamente, como lo viene haciendo el

derecho del consumidor hace muchos años, es a equilibrar la balanza.

Es urgente que los proveedores cumplan con su deber de

informarnos qué es lo que no están vendiendo. Es la única forma

de revertir los efectos adversos que determinados consumos tienen

sobre nuestra salud, y que nos pueden costar la vida.

Un consumidor, al que no se le informa ni siquiera lo que va a

comer, no está tomando una decisión en serio.

En términos jurídicos, hay un claro vicio del consentimiento,

problema al que en el derecho del consumidor, estamos plenamente

acostumbrados, y vicio que las empresas muchas veces fomentan y

aprovechan para colocar sus productos y servicios.

El proyecto entonces, viene a subsanar esto: con más información,

con incentivos claros a consumos saludables y con frenos al marketing

de productos que pueden generar daños.

No es mas que lo que se ha hecho hace tiempo con otros consumos

que han generado daños generales a los argentinos, como el tabaco

o el alcohol.

Es absolutamente indecente, deshonesto y antiético que esté

permitido hoy en día hacer publicidad y fomentar así el consumo

de alimentos que no son sanos ni nutritivos, sobre todo porque

solamente los proveedores lo saben. Hasta hoy, los proveedores

tienen toda la información, y deciden qué porción darnos, depende

lo que les convenga para que nosotros no nos demos cuenta lo que

nos están vendiendo.

En muchas oportunidades, esta falta deliberada de información

importante para elegir, se ve agravada, por la entrega de información

directamente engañosa o dudosa, o prácticas de comercialización

que nada tienen que ver con los alimentos (entrega de juguetes,

promociones, etc.). Es absolutamente indispensable revertir esta

ecuación, y obligarlos a que nos avisen, nos adviertan, lo que ellos ya

saben: de lo que nos venden, qué es basura y qué no.

El estado tiene la obligación de intervenir para quebrar esa lógica

en donde el poderoso nos intenta direccionar el comportamiento

sin que nos demos cuenta (porque no crean que otra cosa es la

publicidad y el marketing, o que los juguetes en los alimentos son

una mera diversión o inocente liberalidad).

La inacción del estado frente al accionar de los proveedores es un

crimen, porque deja librado al mercado la protección de la salud y la

vida de los consumidores.

Circulo virtuoso

La ley tiene la potencialidad de generar un círculo virtuoso en la

producción de los alimentos. Los proveedores no van a querer tener

sellos, porque van a quedar en evidencia y los consumidores elegirán

otra cosa. Esto va a impulsar un círculo virtuoso, en donde estos

mismos productores van a hacer una mejor selección de sus materias

primas y van a tener que optimizar los procesos de producción.

Se ha intentado generar miedo, decir que se generaría una traba

en la comercialización, pero no hay nada más lejano a la realidad: la

ley no obliga a mejorar ningún proceso ni ninguna concentración de

nutrientes, y quien quiera seguir comercializando su producto tal cual

puede hacerlo, y el que quiera consumirlo aún con la advertencia,

también puede hacerlo.

A lo que le tienen miedo, es al consumidor informado y

empoderado, que ya no los elija, y al que no le puedan horadar la

cabeza con publicidad, como la gota que cala la piedra.

Es crucial destacar, sobre todo para los que alzan la voz en favor

de los pequeños emprendedores, que se prevé una protección

especial para las pequeñas y medianas empresas, que no se las deja

desamparadas, ya que el plazo de implementación será de hasta

180 días, excepto para aquellos proveedores que pertenezcan al

Tramo 1 determinado en la ley 25.300 (MiPyMes), cooperativas de

la economía popular, y los proveedores de productos del sector de la

agricultura, para los que podrá prorrogarse por 12 meses.

A largo plazo, con el efecto conjunto virtuoso del etiquetado

frontal, las restricciones a la publicidad y la educación nutricional en

todos los niveles educativos, que funcionan complementariamente,

se previene la malnutrición, y a mediano y largo plazo se generará

una reducción de enfermedades crónicas no transmisibles, como

sobrepeso, obesidad, hipertensión, etc.

La educación desde los primeros niveles va a servir para que,

desde las más tempranas edades, los niños, niñas y adolescentes de

hoy, no sólo sepan qué es perjudicial, y es necesario evitar o reducir

su consumo, sino qué es lo que sí deben consumir, ya que en nuestro

país el nivel de consumo de ultra procesados es preocupante, y una

escasa porción de la población consume las porciones de frutas

y verduras recomendadas diariamente. Como sucede con otros

temas, la inclusión de determinados tópicos en la educación formal

obligatoria, no sólo transforma las conductas de los estudiantes,

sino de los adultos a su alrededor y todo el entorno educativo. Los

chicos y chicas comparten en sus casas lo que aprenden en el colegio,

y ayudan a transformar conductas también a mediano plazo, e

involucran a sus madres, padres, hermanos, tías, y empiezan a exigir

mejores elecciones de los adultos que los acompañan.

Si apoyamos el libre mercado, tenemos que tener claro, que no

hay libertad sin información y sin decisiones razonadas. Cuando

nos esconden las cosas, no se está fomentando la libertad, se está

arreando a la población en un sentido. Esto es lo que genera miedo,

por más que se hablen de mil cosas, porque los empresarios que lucran

a costa de la salud de los consumidores, saben que un consumidor

informado y empoderado, toma otras decisiones. Y tenemos que

dar, desde el estado, las herramientas para que esa libertad se pueda

ejercer plenamente.

Acá no hay duda: entre la libertad para ocultar la información para

vender productos que generan daño, y la libertad del consumidor de

saber y elegir, la constitución nos resolvió esto hace mucho.

Cierre

No quiero terminar, sin marcar que este es un primer y enorme paso.

Pero nos falta mucho.

Tenemos que seguir dando pasos para lograr que el consumidor

tenga toda la información, y pueda elegir en serio.

Esta es la hora de hacer los cambios que necesitamos para lograr

esta sustentabilidad para preservación el ambiente, la protección de

la vida y la salud de las y los consumidores, y terminar con la usura

y las cadenas de un consumidor endeudado que no puede satisfacer

sus necesidades. No quiero ampliar demasiado, porque no es el

momento, pero a todo esto, debemos también integrarle otro factor:

el bienestar animal. Hemos presentado hace poco un proyecto que

apunta a esto mismo, garantizando la información a los consumidores

sobre los medios de producción de los huevos de gallina en la

Argentina, y para que los consumidores sepamos a la hora de elegir,

de dónde vienen esos huevos, cómo se obtuvieron, qué calidad de

vida tienen esos animales.

Casualmente, también se escucharon argumentos similares a los

que escuchamos en este proyecto.

No podemos esconder el sol con las manos: cuando un empresario

se agita por un proyecto que solo le obliga a informar (sin prohibirle

producir, y sin prohibirle al consumidor comprar), lo que queda claro

es que se estaban ocultando cosas graves. Que se estaba lucrando

con algo que el consumidor no tiene que saber.

En el caso del proyecto de etiquetado frontal de alimentos, es los

graves perjuicios que estos alimentos tienen en la salud del consumidor.

En el caso de nuestro proyecto de etiquetado de huevos, pasa

algo similar: los proveedores tienen miedo de que los consumidores

sepan cómo viven y mueren los animales. Quieren un consumidor

que no pueda elegir otros métodos de producción. ¿Dónde está el

libre mercado ahí? ¿Dónde está la competencia sana entre distintos

productores que toman elecciones más responsables?

Tenemos que avanzar y pensar en estos temas.

Un consumidor empoderado, hace un mercado más saludable y

mete miedo a las empresas, porque corta con los abusos y las avivadas.

La constitución nos manda a aprobar esta ley, nuestros hijos

nos exigen que tomemos medidas, no podemos dejar que el lobby

empresario que lucra con nuestra salud, o los intereses políticos se

pongan por encima de las necesidades de los argentinos y argentinas.

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